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 Sociedad Española de Criogenización

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CEMENTERIOS HELADOS

La ciogenización se inicia cuando se produce la muerte clínica del paciente. Es fundamental que pase muy poco tiempo desde ésta al principio del tratamiento, para que aumenten las posibilidades de reanimación en el futuro. Por ello las sociedades facilitan a sus miembros un brazalete en el que se dan instrucciones para que los que constaten su muerte conserven su cuerpo en buenas condiciones y avisen al centro. Además les mantienen en una vigilancia exhaustiva cuando existe más riesgo de que mueran.

Cuando esto ocurre, el muerto es trasladado inmediatamente a la central en ambulancias especiales. El equipo médico de la asociación le somete a un masaje cardíaco y una inyección de oxígeno para recuperar artificialmente las funciones de circulación y respiración. Al mismo tiempo, se empieza a reducir la temperatura y se le inyecta heparina para evitar la coagulación de la sangre. Lo ideal es comenzar a enfriar el cuerpo nada más producirse la muerte clínica o parada cardiaca, y antes de la muerte biológica, en la que el trazado encefalográfico del cerebro es nulo. Así las células reducen su actividad y necesitan extraer menos oxígeno de la sangre, por lo que pueden sobrevivir más tiempo después de que el corazón deje de latir.

Una vez que el cuerpo está a dos o tres grados bajo cero se puede ya dejar al cerebro privado de oxígeno. Se elimina la circulación de la sangre y se sustituye la heparina por una solución de glicerol u otro tipo de protector del fío. Para ello hay que invertir el sentido del circuito de introducción de estos agentes, ya que si no las válvulas cardíacas impedirían la entrada de líquido a la cavidad pulmonar. Esta operación dura de 4 a 6 horas.

Después se sitúa al paciente en bolsas de plástico muy bien asislado y rodeado de hielo y silicona (un material no tóxico y que permanece líquido a muy bajas temperaturas), y se va aumentando el frío gradualmente durante una semana hasta llegar a los 79 grados bajo cero.

Se pasa entonces a la fase definitiva. El paciente es trasladado a la cápsula de nitrógeno líquido, donde permanecerá helado hasta su posterior descongelación. Estas cápsulas, con apariencia de misiles, tienen una altura poco mayor a la humana y un diámetro de unos dos metros, y está cubiertas con una doble capa de acero para proteger a los pacientes de los terremotos.

El nitrógeno se mantiene en ebullición, a 196 grados centígrados bajo cero, en un compartimento separado del cuerpo, y al evaporarse, produce un enfriamiento constante de la cápsula a esa temperatura. Hay que suministrar más líquido continuamente. Cada cápsula, en la que hay uno o dos pacientes, necesita alrededor de 20 litros de nitrógeno diariamente.

Estos habitáculos son vigilados por especialistas durante las 24 horas del día, y cuentan con un sofisticado sistema de alarma que permite controlar en todo momento la temperatura interior. Además, cada uno de ellos guarda el historial clínico completo del paciente, para que en el momento de ser descongelado los médicos del futuro sepan todo lo relativo a su persona.

 

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